La ruta diaria que debo seguir para ir a mi trabajo, me hace cruzar todos los días la Av. México en su intersección con la calle Abreu. En diferentes oportunidades he tratado de contar las infracciones que se cometen en ese punto en cuestión de dos minutos y me he quedado perplejo, más de diez. El último día se dio este caso. Estábamos tres vehículos en fila esperando que cambiase a verde el semáforo. Vino una señora en una yipeta oficial y, no pudiendo hacer fila como nosotros, se puso en paralelo para poder estar de primero. A continuación una guagua de transporte se colocó en una tercera fila para poder doblar de inmediato a la derecha sin tener que esperar.
Cambió el semáforo y una señora, en ese momento, se puso a cruzar la Abreu, impidiendo que los carros de la primera fila pudiesen avanzar, cosa que si hizo la yipeta y, por supuesto la guagua de pasajeros que ya se había ido antes. Como la luz del semáforo es muy corta nos tocó quedarnos para pasar en la próxima oportunidad. Enfrente había un camión recoge basura, bien atravesado en mitad de la calle pues para ellos no existen normas de transito, lo importante es que la basura les quede cómoda para ser tirada al camión. Esto provocó una gran retención de vehículos. De todo esto podemos sacar muy interesantes conclusiones. Los que cumplen la ley son generalmente los más “tontos”, porque se tienen que quedar siempre esperando.
Los representados en la yipeta nunca harán fila porque son muy “prepotentes” y aquí, generalmente, al que le va bien, es el que no respeta a los demás en provecho propio. La guagua nos dice que “como tengo que ganarme el pan de mis hijos” puedo poner en peligro a los pasajeros que pagan su transporte arriesgando sus vidas. La señora que cruza a destiempo nos hace descubrir que no tenemos una cultura de educación ciudadana para andar por la calle. Los que recogen la basura reflejan que es la ley del más fuerte o del salvaje la que se impone en medio de nosotros.
Y en medio de este caos, repetido en las miles de esquinas que hay en el país, no aparece un AMET a poner una multa y enseñar a la ciudadanía a proceder ordenadamente en nuestras calles. Si la AMET pusiera las multas correspondientes a las infracciones cometidas, recogerían una cantidad de dinero tan grande que podrían aumentar a ese cuerpo sustancialmente su salario y así se terminaría el “macuteo”, vivirían más dignamente y se pondría orden en nuestras calles, pues buena falta nos hace. Si la calle, en la que estamos todos, es el reflejo de nuestro país, realmente estamos en una situación sumamente caótica. Esto no puede seguir así.